Catalunya: Ley y Conflicto | Josep Redorta Lorente

Josep Redorta LorenteJosep Redorta Lorente
josepredorta@icab.cat

Es abogado y conflict manager
Dr. en Psicología social

2017 | Septiembre 29
Se está apelando a la constitución española como el eje vertebrador de la organización política del Estado. Es cierto que una constitución es la norma suprema de cualquier estado. Sin embargo, no se puede obviar que todas las normas deben ser interpretadas de acuerdo a la realidad social, al derecho internacional reflejado en los tratados firmados que tienen rango superior y a los principios que la propia constitución determinada indiquen como rectores de la acción política.

Las constituciones sufren potentes procesos de adaptación. La constitución suiza, fuertemente modificada al menos en cuatro ocasiones, es en muchos aspectos modélica en lo que se refiere al tratamiento de la diversidad. La versión del año 1848 ya proclamó que: “aquello que nos une es el respeto por la diferencia.”

La diferencia como valor de unidad es un pensamiento muy avanzado, sobre todo frente a razonamientos excesivamente centrados en construcciones sociales cuya referencia es el Estado sea cual fuere. Los estados- nación han entrado en crisis, tras procesos de globalización muy amplios.

Hoy las sociedades –todas- son interdependientes por lo que las llamadas legítimas a la independencia de cualquier parte de un estado, deben incardinarse en un proceso de reconstrucción social de identidades compartidas, luchas de poder o intereses económicos generalmente poco expresados o ansias de cambio.

En el año 2006 Alvin Toffler, uno de los mejores divulgadores de prospectiva como parte de las ciencias  sociales que estudia el futuro de las sociedades, ya ponía en sobreaviso del desfase de los reguladores  sociales e instituciones respecto de la velocidad del cambio social. En una afortunada metáfora pondera que mientras que las empresas viven el cambio a 160 km/hora y la sociedad civil cambia a 145 Km/hora, la gobernanza funciona a 5 km/hora y la legislación a 2 km/hora.

Esta falta de sincronía entre la realidad social y los mecanismos de regulación produce importantes disfunciones sociales. De ahí que apelar a la legislación cómo única respuesta a un problema sea en sí mismo un error monumental. En sociedades flexibles, la flexibilidad debe ser la norma.

Los conflictos normativos, como en el caso actual de Catalunya y el Estado español, producen esencialmente dos tipos de fenómenos:

  1. La anomia que es la degradación de la norma vigente. Un ejemplo podría ser la aparición del bikini o el top less frente al delito de “escandalo público” en la regulación penal española anterior a 1988. El resultado fue un cambio legal para adaptar la norma a las nuevas costumbres sociales.
  2. La desviación de la norma social y jurídica y la insistencia de los  dos grupos enfrentados conlleva a un conflicto abierto que se resuelve con el uso de la coerción.

La coerción ejercida depende de fenómenos que se encuentran entre la influencia de la mayoría sobre la minoría y al revés. Se produce lo que en psicología social se conoce como “proceso de polarización de grupos”.

Catalunya está hoy día en uno de estos procesos de manera doble: La primera característica de este tipo de procesos de manera esencial, es la identificación de las partes en el conflicto Estado español/ movimiento independentista. Y, independentistas versus otras opciones.

El proceso de polarización explica que estos grupos sociales pasen de cooperar a competir para lograr sus objetivos propios. Al igual, se incrementa el poder de los prejuicios y estereotipos: “los catalanes son…”; “los independentistas son…”

En este proceso los adjetivos tienden a ser siempre negativos y casi siempre se destaca alguno en particular. Además de esto, cada grupo aumenta su propia cohesión interna y aparecen muy sesgadas las opiniones imputándose mutuamente la culpa de la situación a la otra parte. Disminuye la confianza entre los grupos en conflicto, sobre todo en el proceso de escalada, como está sucediendo actualmente.

Estos conflictos de tipo intergrupal, de amplio ámbito social, con ejercicio del poder coercitivo del Estado frente a la movilización producen efectos de rebeldía, con o sin violencia. O también, de acatamiento (forzado más menos).

La resolución de los mismos depende del momento en que se alcance lo que se conoce como “punto muerto de un conflicto”.

Es una evaluación de las partes en un análisis más racional del balance de coste/beneficio. En ese momento la mediación puede jugar un papel muy importante. En el caso que nos ocupa la mediación debe ser de orden externo al estado español, dirigida por un equipo muy profesionalizado y con meses por delante. Ahí podría iniciarse la desescalada del conflicto.

Uno de los errores que más caros se pagan entre partes en conflicto en esta situación, es confundir fuerza con poder. El poder más fuerte y duradero es el poder del afecto. Y existe. Reflexionamos poco sobre él. ¿Tienen poder los hijos sobre los padres? Claro que lo tienen. ¿Y los amigos entre unos y otros? conviene volver al poder de la estima y eso requiere esfuerzo.

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3 pensamientos en “Catalunya: Ley y Conflicto | Josep Redorta Lorente

  1. Recuerdo, cuando a la Comunidad Autónoma de Canarias, se le negó la posibilidad de una consulta sobre las prospecciones petrolíferas en “nuestra” tierra. Pues nuestra economía se apoya en el turismo, no en pozos petrolíferos frente a las costas de Lanzarote y Fuerteventura.

    ¿Fuisteis solidarios? NO

    Desde península, NADIE se alarmó, ni se puso en duda el sistema democrático español. Al contrario, vuestras ideas giraban a favor del gobierno central, que se apoyaba en que esas competencias pertenecían al estado y no a la comunidad autónoma.

    ¿Ahora os quejáis?… Si tan demócratas sois, cosa que dudo, la democracia hay que defenderla en todo momento y no solo cuando nos toca.

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  2. Antes de todo, vaya por delante que Josep es un buen amigo a quien conozco desde hace ya años si bien no personalmente. Su conocimiento de la mediación es extenso y reconocido en este ámbito. Sin duda alguna y por lo que valga, Josep tiene mi reconocimiento personal.

    Apreciado Josep:

    Yo no veo mediación posible por ningún sitio. Quizás lo mejor de la independencia sería que ciertos catalanes nos llamen España en vez de “Estado español”. En mi opinión lo de “Estado Español” se usa tanto a modo de desprecio como también para sugerir “sutilmente” alguna suerte de opresión. Resulta cansino.

    Lo que entiendo que no puede ser es querer para así obtener solo por querer. Hay reglas de juego–una Constitución en este caso—y la mediación no se ha inventado para obviarlas en nombre del “diálogo”, palabra y término que en ocasiones me estomaga; me estomaga en este caso porque algunos catalanes parecen buscar desde el “diálogo” una vía rápida para hacer lo que son incapaces de hacer desde el Parlamento, con énfasis en la o de la palabra.

    ¿Y si la mediación fracasase? Sabemos que no toda mediación tiene éxito. ¿Más la tabarra –mediación con innumerables terceros—hasta que suene algo que se parezca a flauta si bien a gusto sólo de algunos, que no de todos los catalanes? La soberanía no se media entre bambalinas, pero esa es mi opinión personal. Además, ¿mediación solo con los independentistas? Ciertamente imagino que a un independentista que solo busca la independencia por la vía que sea le resultaría chocante que catalanes no independistas se sumasen a la mediación. Aquí reside la tragedia catalana y lo difícilmente mediable: catalanes españoles y los “supercatalanes”. La tragedia no es realmente entre el “Estado Español” y Cataluña, sino intestina, catalana.

    La propuesta de referéndum es un camino cierto para el enfrentamiento intracatalán, cosa que ya está sucediendo. Si de este referéndum –que probablemente no se produzca—resultase un sí a la independencia, ¿gustaría a los independentistas que la mitad de los catalanes se refiriese a Cataluña como “Estado Catalán” significando así su desprecio y rechazo? ¿Aceptaría Cataluña –los “supercatalanes”—convocar en su día un referéndum de reunificación con España? ¿Mediarían eso?

    Entiendo que los independentistas entiendan que las puertas del Congreso han estado siempre cerradas, pero están abiertas; a lo que están cerradas es a la sinrazón, a la unilateralidad y a la imposición. Sugiero que entren por la puerta grande con orgullo y hablen orgullosos y convenzan en vez de buscar una mediación de pasillo que solo empequeñece la grandeza de Cataluña, de España.

    Mediar significa comer langostinos y también sapos. Entiendo que lo que he escrito sea sapo si bien toda mediación tiene como uno de sus platos principales sapo para todos, ese sapo llamado compromiso. Lo que entiendo que Cataluña necesita es reconciliarse en su magnífica diversidad y pluralidad. La salida de Cataluña de España solo por salir probablemente solo sirviese para imposibilitar la convivencia en armonía de todos los catalanes haciendo de una hipotética victoria nada más que su eventual desintegración y ocaso cierto.

    Ofrezco una mediación evaluativa a la par que ciertamente transfomativa: ¿Qué tal si deshacemos el Estado como Estado de Autonomías para transformalo en estados por provincias? En vez de España con 17 autonomías, sería España con 50 Provincias. Adiós al concepto Cataluña o Castilla-León, o Andalucía excepto anímicamente porque a lo mejor Tarragona entiende mejor para sus intereses ser Tarragona a secas que estar gobernada desde Barcelona. Las provincias catalanas se sentirían sin duda catalanas de corazón, pero sin necesidad de ser políticamente Cataluña. Muy probablemente a Burgos le gustaría esta alternativa, no tener que bajar a Valladolid –soy de Valladolid—o que Valladolid se les suba a las barbas y todos, tanto en Burgos como en Valladolid, seguirían sintiéndose castellanos casi de seguro porque es lo que somos, castellanos. No sé en Cádiz, pero casi seguro que no les importaría ser Cádiz a secas siendo y sintiéndose andaluces porque es lo que son, andaluces.

    Podemos y quizás debamos meter mano a la Constitución si bien –mi opinión—para hacer camino juntos, que no necesariamente en manada. Habrá langostinos y sapos para todos aunque solo sea porque así tiende a ser la vida real. ¿La meta? Repartirnos langostinos y sapos por igual y lo más importante, comer sapo cuando toque.

    Y, por favor, no confundamos estado federal con una confederación porque son cosas distintas. Si nos decantásemos por un estado federal de 50 estados en un intento de imposibilitar la independencia en bloques de lo que llamamos comunidades autónomas, lo primero necesario sería unidad de propósito compartida y sí, un gobierno federal fuerte si bien no a costa de los estados sino en armonía con ellos. Aquí en en donde fallamos en tanto en cuanto no parece haber una auténtica unidad de propósito compartida, sentida por todos por igual. Así, y si la independencia es la meta irrenunciable para quienes sean, no satisfará jamás la reorganización federal o confederada excepto como antesala a la independencia. ¿Y la figura del Rey? Temo que para reorganizar el Estado de manera auténticamente distinta haya que transitar hacia el concepto de república, si bien —¿por qué no?—reconociendo y agradeciendo a Juan Carlos y a Felipe su trabajo .

    Este tipo de asuntos del tipo de soberanía y reorganización del Estado, ¿se pueden mediar? La cosa se reduce a tres cuestiones ante la enormidad del asunto.

    Primero, hay que reconocer universalmente la existencia de un conflicto, ya que la mediación es sobre resolución de conflictos. No sugiero que no haya conflicto, pero hay que reconocerlo o jamás cabrá mediación alguna. En este caso hay claramente un conflicto, pero no hay acuerdo sin tan siquiera sobre cómo resolverlo.

    El segundo aspecto es sobre la representatividad en mediación: ¿quiénes serían los individuos que se someterían a mediación en nombre y representación de la totalidad del Pueblo Español y quiénes serían los terceros mediadores? Ciertamente, los terceros tendrían que ser extranjeros por un más que obvio conflicto de intereses que no pasaría el examen de independencia o imparcialidad ni de lejos.

    El tercer cabo a atar es sobre soberanía, que en un hipotético caso de mediación con algo que se parezca a acuerdo tendría que someterse a sufragio universal de la totalidad del Pueblo español para quedar legitimado.

    No, no creo que la mediación sirva para este tipo de asunto. Cabe, y es tan necesaria como deseable, la acción política desde la Constitución, documento vivo que probablemente deba enmendarse sustancialmente en algún momento aunque solo sea porque el Pueblo cambia no siendo sino cierto que no somos hoy ni sentimos lo mismo que en los 70’s, si bien esto es algo que entiendo que debemos hacer juntos sin delegar en tercero, hacer desde la introspección y sensibilidad individual plasmada en sufragio universal. Es probable, entonces, que toque que se nos pregunte de nuevo tanto hacia dónde queremos ir como cómo.

    Interesante todo ello a la par que confuso; inquietante y confuso, pero interesante.

    Un fuerte abrazo, querido Josep.

    José Antonio

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